EL CORONAVIRUS Y LA ARGENTINA QUE SUFRE

23.10.2020

A estas alturas, con nuestro país cerca del podio de aquellos con mayor cantidad de muertos de acuerdo al número de sus habitantes, ya poco importa quiénes son los responsables de esta catástrofe, sin dudas la más grave que ha asolado a nuestra Argentina en más de 200 años de historia. Detenerse en las estériles discusiones esmeriladas por el color partidario de tantos, respecto de si las culpas son de las malas políticas sanitarias y de prevención de los gobernantes, o de la desobediencia y la falta de cuidado de los habitantes de este bendito país, hoy por hoy es de una inutilidad exasperante.

Estamos como estamos, hasta aquí hemos llegado, el precipicio nos mira con un rostro perturbador e implacable. ¿Se puede estar peor? ¿Vamos a hacer algo realmente productivo, empático, solidario y generoso, para salir de este momento crucial? Estamos condenados a ser optimistas; ser pesimistas invitar a claudicar, y eso jamás haríamos.

Lo real y concreto es que estamos cerca de los 30 mil muertos, y que hemos superado el millón de contagiados. Impensado meses atrás para algunos, previsible para otros. Depende de qué lado del egoísmo partidario lo miren. Las mezquindades políticas no han cesado, ni aún en una etapa de agonía feroz y lapidaria como la que está viviendo la Argentina. Unos sufren; otros ríen y disfrutan. Pensamientos más mezquinos no se consiguen. Ya tenemos más de 600 muertos por cada millón de habitantes. Esas cifras que nos parecían tan lejanas meses atrás, y que nos empujaban a compadecernos de los otros, hoy nos acorralan.

Muchos vociferan que la Argentina es un barco que se hunde, ante la necedad de unos y el disfrute de otros. ¿Es en verdad la Argentina un barco que se hunde? Y si fuera así, se puede ser tan mezquino como para festejar que el barco donde navegamos todos, se esté hundiendo? Aquí la grieta política mostró sus primeros esbozos en 1810, y muchos dicen que desenfundó sus garras por primera vez, con ferocidad implacable, el 4 de marzo de 1811, con la "sospechosa" muerte de Mariano Moreno. ¿Qué hemos hecho, durante el transcurrir del tiempo, para superar esos odios intestinos? Nada. Al contrario, hoy tenemos un país partido en dos, y ni siquiera una crisis como la del Coronavirus logra que todos, de uno y otro lado, depongan sus actitudes soberbias, mezquinas, egoístas.

Es de una tristeza abrumadora asumir que la frase "a este país lo salvamos entre todos" sea absolutamente imposible. A esto hemos llegado, a esto nos han llevado. Los enfrentamientos dialécticos permanentes no tienen ni siquiera piedad por los millones y millones de habitantes de este país que están luchando codo a codo con sus necesidades para no caer en el abismo de la desesperanza eterna. Lo peor que les puede pasar a las personas es descubrir que están en medio de facciones políticas donde una acumula más errores que aciertos, y la otra sólo celebra y echa leña al fuego que nos está consumiendo a todos. Hay mínimas señales de luz en medio de tanta oscuridad. Muchos aseguran que sin vacunas no habrá paz social ni futuro medianamente promisorio. Creamos en eso entonces. Aferrémonos a la fe para no caer en el fatalismo de creer que todo está perdido. El pecado más capital entre los pecados capitales, en estos momentos de agonía, es la Soberbia. De unos y de otros. Quizá si nos despojamos por un tiempo de esa fatal perturbación ideológica, podamos comenzar a enderezar el camino que la Argentina se merece. 


Informe y Producción: Sergio Castillo  

Guillermo Forner- Conductor 
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